¿Soy realmente cristiano? La urgencia de la formación interior
vivificando el espíritu
Existe un cuestionamiento cada vez más notable que, con el tiempo, se ha convertido en una pregunta retórica recurrente.
Muchos
consideran que este planteamiento es una recriminación contra el cristianismo y
que, por ello, no se nos concede el lugar que —según nuestra propia percepción—
merecemos.
Sin
embargo, la realidad es que existen razones claras para este cuestionamiento,
razones que, en muchos casos, quienes nos identificamos como cristianos no
estamos percibiendo o no queremos reconocer.
Este
cuestionamiento no surgió de manera repentina.
Se
fue gestando de forma silenciosa, progresiva, hasta colocarnos en la situación
actual: una en la que el cristianismo es fuertemente cuestionado, no tanto por
sus fundamentos, sino por un criterio banal y superficial proveniente de
quienes se autodenominan cristianos.
La
retórica es tan evidente como los hechos que la respaldan, y esto nos conduce
inevitablemente a una pregunta profundamente necesaria: ¿soy realmente
cristiano?
Para
muchos, especialmente para quienes asisten a una iglesia, leen la Biblia y han
aceptado a Jesucristo, la respuesta es inmediata y categórica: sí.
Sin
embargo, esta afirmación abre la puerta a una interrogante aún más profunda: ¿cuántos
lo somos en verdad y cuántos solo de palabra?
No se
trata aquí de discursos vacíos, frases religiosas bien elaboradas o anécdotas
atractivas escuchadas desde el púlpito.
Se
trata de una confrontación honesta con nuestra vida espiritual.
Recordemos
que Cristo le hizo tres veces la misma pregunta a Pedro.
Aquella
insistencia no fue casual; fue una pregunta restauradora. Y esa misma pregunta
la necesitamos todos.
Amamos
a Jesús, pero no siempre estamos dispuestos a abrazar el proceso.
Amamos
a Jesús, pero no reprimimos nuestros deseos desordenados.
Amamos
a Jesús, pero no luchamos contra el orgullo, el ego y la arrogancia.
Y
mientras estas realidades permanezcan intactas, no puede haber una
transformación auténtica.
La formación
interior es un proceso profundo mediante el cual la persona permite que
Dios transforme su carácter, sus pensamientos y sus motivaciones más íntimas.
No se
trata únicamente de adquirir conocimiento religioso, sino de una obra
espiritual que comienza en el corazón y se manifiesta de manera concreta en la
vida diaria.
La
Escritura presenta esta formación como una renovación interna que produce
frutos visibles.
El
apóstol Pablo lo expresa con claridad: «No os conforméis a este siglo, sino
transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos
12:2).
Aquí
se revela que el cambio auténtico no inicia en la conducta externa, sino en la
mente y en el corazón.
La
formación interior bíblica implica permitir que la Palabra de Dios confronte,
corrija y moldee nuestra manera de pensar.
Jesús
mismo enfatizó la importancia de lo interior cuando afirmó: «Porque del
corazón salen los malos pensamientos… Estas cosas son las que contaminan al
hombre» (Mateo 15:19–20).
Por
ello, la formación interior busca un corazón alineado con Dios, consciente de
su gracia y sensible a la dirección del Espíritu Santo.
Proverbios
4:23 refuerza esta verdad al declarar: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu
corazón; porque de él mana la vida».
Los
resultados de esta formación no son abstractos ni invisibles.
Gálatas
5:22–23 describe el fruto del Espíritu como evidencia concreta de una vida
transformada: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y
dominio propio.
Estos
rasgos impactan directamente las relaciones, las decisiones y la manera de
enfrentar las dificultades cotidianas.
En la
práctica diaria, una persona con formación interior bíblica demuestra
coherencia entre su fe y sus acciones.
Se
evidencia un mayor autocontrol, una ética sólida, capacidad de perdón y una
actitud genuina de servicio.
Así,
la formación interior no solo honra a Dios, sino que transforma de manera
visible al individuo y su entorno, mostrando que la obra de Dios en el corazón
produce frutos reales y duraderos.
Dios
te bendiga, hermano. Esforcémonos por ser leales a Cristo, no solo con
palabras, sino con acciones.
Te
invito a leer el artículo anterior; quizá también te resulte de interés. PRESIONA AQUÍ
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por el comentario.