¿Es Dios autoritario o ególatra? Una mirada profunda a su naturaleza



A menudo, asociamos autoridad con poder y ego, y solemos proyectar estas ideas sobre Dios. ¿Es su mandato y centralidad en la existencia una muestra de autoritarismo o egolatría? Analizar esta pregunta desde la Biblia nos permite comprender que lo que parece arrogancia desde la perspectiva humana, en realidad refleja orden, amor y verdad absoluta.

                               Primero                                                       Dios no compite, es el origen de todo

Si imagináramos a Dios como un ser creado, sí podríamos pensar que su autoridad es ego. Pero la Biblia no lo presenta así. Él no compite por ser “el más grande”; es la fuente de la vida y de la existencia misma.

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles” (Colosenses 1:16). Cuando un ser humano exige adoración, hablamos de ego. 

Cuando el Creador demanda reconocimiento, simplemente refleja la realidad: sin Él, nada existe. Negar esto no es desafío al ego divino, sino ignorar el fundamento de la existencia, tal como la luz no pide reconocimiento, pero sin ella no hay visión. 

                               Segundo
             Lo que parece ego, en Dios es coherencia

Nuestra experiencia humana nos lleva a asociar poder con corrupción y autoridad con abuso. Dios no funciona así. Ser el centro no es arrogancia, es orden perfecto y coherente. “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor” (Apocalipsis 22:13).

Si Dios no fuera el centro del universo, otro fundamento menos perfecto ocuparía su lugar, generando caos. Por eso, su autoridad no es un acto de ego: es la expresión natural de su perfección y eternidad.

                                  Tercero 
                         Dios no busca superioridad

El ego surge de la comparación: queremos ser más que otros. Dios no puede “querer ser más”, porque no existe nivel superior al que Él ya posee.

“Porque de él, por él y para él son todas las cosas” (Romanos 11:36). Su grandeza no es competitiva, sino constitutiva.

Compararlo con el ego humano sería como acusar al océano de arrogancia por contener más agua que un vaso.

                                 Cuarto
             La autoridad de Dios protege, no oprime

Cuando la Biblia limita la “sabiduría” humana, no es por celos, sino por protección. La autosuficiencia sin referencia a la verdad absoluta conduce a guerras, ideologías destructivas, orgullo desmedido y sistemas injustos.

“Porque la sabiduría de este mundo es necedad delante de Dios” (1 Corintios 3:19). Dios interviene para evitar la autodestrucción humana. Es como un padre que retira un cuchillo de las manos de un niño: no es autoritarismo, es cuidado.

                                   Quinto

                Humillación de Dios: amor, no ego

Un ser ególatra no se hace vulnerable ni sacrifica por otros. Dios, sin embargo, se encarna, sufre, llora, perdona y sirve incluso a quienes no lo merecen.

“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:6-7).

Su humildad es evidencia de que su autoridad no busca exaltación, sino el bienestar de la humanidad: amor radical y entrega total.

                                  Sexto

        La autoridad de Dios es diseño, no dominio

Dios es Creador, Sustentador, Fuente de vida y Verdad absoluta. Su autoridad no es mandamiento arbitrario, sino la estructura del universo.

“Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17). No dice “Yo mando porque quiero”, sino “Yo soy el origen y la realidad se sostiene en Mí”. La autoridad divina es orden, no opresión.

                                      Siete

               Sin Dios, el universo sería caos

Si la sabiduría humana fuera el estándar absoluto, la existencia sería fragmentada: mil verdades, mil moralidades, mil intereses egoístas compitiendo. Dios no destruye la sabiduría humana por ego, sino porque no pueden coexistir dos fundamentos absolutos.

“No hay otro fundamento sobre el cual se pueda edificar” (1 Corintios 3:11). Intentar tener dos verdades absolutas sería como tener dos polos norte en una brújula: confusión garantizada.

Y para concluir: Autoridad sin ego, orden sin

opresión


Lo que desde la perspectiva humana puede parecer autoritarismo o egolatría, en realidad es la afirmación de la Verdad absoluta. No es ego, inseguridad ni competencia: es realidad ontológica.

“El Señor establece su trono en los cielos, y su reino domina sobre todos” (Salmo 103:19). Si Dios es el origen de todo, tiene derecho natural a ser el centro.

Y este centro no aplasta ni destruye, sino que protege, sostiene y da vida. Comprender esto nos permite ver la autoridad divina como lo que realmente es: diseño perfecto, amor radical y preservación de la verdad y la vida.





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